Emprendimiento e Innovación

El empresario de sí mismo

Una confesión filosófica sobre un fundador que convierte su vida, su equipo y su empresa en sistemas de rendimiento. A partir de Arendt, Foucault y Byung-Chul Han, examina cuándo la iniciativa emprendedora deja de ampliar la libertad y comienza a administrarla.

Autor: Sebastian Pulido ForeroPublicado: 20 de agosto de 2026Lectura: 50 min
Contenido de la lectura
  1. Umbral: declaración de participación voluntaria
  2. I. El día en que escogí qué clase de persona era
  3. II. Mi proyecto de vida cabía en una hoja de cálculo
  4. III. La libertad administrada por notificaciones
  5. IV. Una política también imagina a su ciudadano
  6. V. El equipo en el que todos éramos propietarios de nosotros mismos
  7. VI. Todo producto contiene una idea de ser humano
  8. VII. La noche de la constitución
  9. VIII. El juicio en el que el acusado presenta su mejor defensa
  10. IX. El riesgo que siempre encontraba un propietario distinto
  11. X. Acción, fabricación y pluralidad
  12. XI. ¿Quién soy cuando no estoy mejorando?
  13. XII. El ecosistema que podría responder
  14. XIII. La reparación como nueva oportunidad de rendimiento
  15. XIV. Veredicto provisional
  16. Referencias filosóficas y conceptuales
  17. Conceptos que el lector debe poder distinguir al terminar

Umbral: declaración de participación voluntaria

Escribo este documento porque el Comité de Continuidad del Programa me lo solicitó, aunque la palabra solicitó puede prestarse a equívocos. Nadie me amenazó. En el correo solo decía que mi permanencia en la convocatoria dependía de una “reconstrucción reflexiva de los acontecimientos” y que el texto debía mostrar “capacidad de aprendizaje, liderazgo consciente y disposición a reparar”. También decía que no habría apelación contra la decisión definitiva. Aun así, lo escribo libremente. Conviene empezar por eso: nadie me obliga.

El formulario original tenía diecisiete preguntas. Las borré porque interrumpían la continuidad de mi relato y porque, si se espera que yo demuestre autonomía, resulta razonable que elija la forma de hacerlo. Conservé, sin embargo, el orden sugerido por el Comité. No fue obediencia; fue eficiencia. Siempre he sabido usar las restricciones como palancas. Cuando un inversionista pide una presentación de cinco minutos, no dice que debamos pensar durante cinco minutos: nos exige comprimir el pensamiento hasta volverlo transmisible. Cuando una política pública define condiciones para acceder a capital semilla, no reduce nuestra libertad: vuelve legible el proyecto. Yo me hice legible. Tal vez ese haya sido mi primer producto.

La empresa se llamaba Origen. Digo “se llamaba” porque en los documentos más recientes aparece como Origen Conecta S. A. S., aunque durante los primeros meses insistíamos en que no éramos todavía una empresa, sino una comunidad que estaba descubriendo su forma. Nuestra propuesta consistía en vincular pequeños productores de la provincia con restaurantes, tiendas y compradores institucionales; agregábamos pedidos, pronosticábamos demanda y organizábamos rutas para disminuir intermediación y desperdicio. No inventamos la agricultura ni el comercio. Innovamos la relación entre actores que ya existían, y toda innovación relacional altera algo más que un procedimiento: decide quién ve a quién, quién puede comparar precios, quién espera, quién califica y quién queda convertido en dato.

Eso último lo entiendo ahora. En aquel momento decía que construíamos una aplicación. Lucía decía que estábamos diseñando una forma de gobierno. Yo consideraba exagerada esa expresión. Gobierno era lo que hacían ministerios, alcaldías y universidades mediante políticas, leyes, convocatorias y reglamentos. Nosotros solo conectábamos oferta y demanda. Más tarde leí a Michel Foucault y descubrí que gobernar no significa únicamente ordenar desde arriba. También significa disponer el campo en el que otros actuarán: modificar incentivos, hacer visibles unas posibilidades, volver costosas otras, producir un ambiente dentro del cual una elección parece razonable. No le dije a Lucía que había tenido razón. Para entonces ya no hablábamos.

El Comité quiere saber por qué salió del equipo, por qué David afirma que se le ocultó información y por qué algunos productores recibieron condiciones distintas a las anunciadas en el piloto. Responderé. Pero antes necesito explicar cómo llegué a convertirme en la persona a la que ahora se piden explicaciones. No se comprendería una decisión aislada sin reconstruir la forma de vida que la volvió evidente. Tampoco se comprendería mi forma de vida si se parte de la idea cómoda de que primero existe un individuo completo y luego, desde fuera, una empresa lo deforma. Yo no tenía una identidad anterior que el emprendimiento viniera a colonizar. En buena medida, aprendí quién era cuando aprendí a presentarme como una oportunidad.

No pretendo declararme víctima. Esa sería otra manera de no responder. Tuve iniciativa, elegí, insistí y muchas veces disfruté lo que hice. Si hubo poder, operó a través de esas capacidades y no simplemente contra ellas. Por eso la historia es difícil de contar: tendría que separar mi deseo de aquello que enseñó a mi deseo qué debía desear. No sé si esa separación es posible. Sé, al menos, que cada vez que escribo “nadie me obligó”, siento la necesidad de escribirlo de nuevo.

I. El día en que escogí qué clase de persona era

En la segunda semana del curso nos mostraron una clasificación de emprendedores. Había emprendedores por oportunidad y por necesidad; innovadores, sociales, imitadores, especialistas, visionarios, inversionistas, persuasivos. Las listas variaban según el recurso, pero todas prometían algo parecido: si uno identificaba su tipo, podría reconocer fortalezas, anticipar debilidades y elegir un proyecto coherente con su vida. Respondí un cuestionario. Me pidió calificar de uno a cinco mi tolerancia al riesgo, creatividad, perseverancia, capacidad de liderazgo, disposición a trabajar en equipo y necesidad de logro. El resultado fue “emprendedor visionario con orientación social”.

No creí ingenuamente que cuarenta preguntas pudieran revelar una esencia. Sin embargo, guardé la captura de pantalla y la publiqué. Mi madre comentó que desde niño yo había sido así. Un profesor dijo que el perfil se ajustaba a mi manera de intervenir en clase. Tres compañeros me escribieron para proponer que liderara un equipo. La categoría comenzó como una descripción dudosa y terminó organizando expectativas verdaderas. Yo actuaba como visionario porque otros esperaban visión; los otros me cedían decisiones porque yo parecía cómodo decidiendo; cada decisión confirmaba el tipo que supuestamente la había causado. El diagnóstico no descubrió un yo oculto. Ayudó a producirlo.

Las taxonomías son útiles. Permiten conversar sobre diferencias y distribuir funciones. El problema comienza cuando olvidamos que toda clasificación corta una realidad continua y después presenta el corte como naturaleza. “Visionario” no nombraba solo una capacidad; otorgaba una posición. A David, cuyo resultado fue “especialista”, le asignamos la arquitectura tecnológica. A Lucía, clasificada como “emprendedora social”, le correspondieron relaciones con productores y medición de impacto. Yo debía integrar, representar y decidir. Nadie lo impuso. Nos reconocimos en los nombres disponibles y organizamos el equipo según ellos. La libertad adoptó la forma de una elección entre identidades ya escritas.

Hannah Arendt distingue entre preguntar qué es alguien y preguntar quién es. Lo primero admite un catálogo de cualidades, competencias, funciones y pertenencias: estudiante, programador, líder, agricultora, persuasivo, puntual, resiliente. Lo segundo no se resuelve enumerando atributos. El “quién” aparece en el habla y en la acción ante otros; se revela de modo imprevisible en una trama de relaciones que nadie controla por completo. No es una marca personal que el sujeto diseña y luego comunica. Es algo que se manifiesta precisamente porque, al actuar, uno queda expuesto a interpretaciones que no gobierna.

Yo hice lo contrario. Convertí el quién en un qué administrable. Elegí tres atributos -visionario, disciplinado, social- y empecé a alinear con ellos mi biografía. Cuando preparé la primera postulación a capital semilla, escribí que había crecido observando las dificultades de comercialización de familias productoras. Era verdad: mi tía vendía hortalizas y yo la acompañé algunas veces. También era verdad que la idea de Origen apareció durante una actividad del curso y no en una revelación infantil. La versión de la infancia era mejor porque mostraba propósito temprano. No inventé los hechos; los organicé para que mi vida pareciera una inversión que por fin empezaba a rendir.

Desde entonces dejé de contar experiencias que no acumulaban en la dirección elegida. Haber abandonado dos proyectos ya no era indecisión, sino aprendizaje iterativo. Mis trabajos ocasionales se convirtieron en evidencia de adaptabilidad. El cansancio probaba compromiso. Una discusión familiar confirmaba que los innovadores suelen ser incomprendidos. Nada quedaba perdido: todo podía capitalizarse. Esa capacidad me parecía una forma de fortaleza narrativa. Ahora me pregunto si un proyecto de vida sigue siendo vida cuando ningún acontecimiento puede conservar el derecho a no producir valor.

II. Mi proyecto de vida cabía en una hoja de cálculo

La expresión “proyecto de vida” me tranquilizaba porque reunía dos promesas. Vida nombraba algo propio, irrepetible, íntimo. Proyecto introducía objetivos, etapas, recursos, indicadores y fechas. Si la vida podía proyectarse, el futuro dejaba de ser un territorio incierto y se volvía una secuencia de entregables. Elaboré un mapa a cinco años: terminar la carrera, formalizar Origen, obtener financiación, contratar quince personas, expandir operaciones a tres provincias, lograr equilibrio financiero y cursar una maestría. Añadí salud, familia y descanso en una columna titulada “sostenibilidad personal”.

No era absurdo planear. La alternativa no tiene por qué ser una existencia improvisada que llama autenticidad a la falta de previsión. Un plan permite coordinar con otros, advertir dependencias y proteger compromisos frente a impulsos pasajeros. Pero mi hoja de cálculo no registraba únicamente lo que quería hacer. Empezó a dictar qué experiencias merecían ocurrir. Si una conversación no acercaba una meta, era distracción; si una amistad no comprendía mi ritmo, pertenecía a una versión anterior de mí; si una tarde no generaba descanso medible ni avance, era tiempo perdido. El instrumento con el que pretendía gobernar el futuro comenzó a gobernar el presente.

Michel Foucault estudió una transformación más profunda que el simple elogio cultural de los negocios. En su curso Nacimiento de la biopolítica, al analizar el neoliberalismo norteamericano, muestra cómo la forma empresa puede convertirse en principio para interpretar conductas que antes no se pensaban como empresariales. El individuo aparece como portador de capital humano: capacidades, conocimientos, salud, hábitos, movilidad, relaciones y disposiciones en las que invierte para producir flujos futuros de ingreso o satisfacción. No es solamente trabajador que vende temporalmente su fuerza. Es capital para sí mismo, productor de sí y fuente de sus propios rendimientos.

La teoría del capital humano puede describir decisiones reales con notable precisión. Estudiar exige tiempo presente a cambio de capacidades futuras. Cuidar la salud modifica posibilidades de acción. Migrar, aprender un idioma o construir una red profesional tiene costos, riesgos y retornos. Negarse a considerar esas dimensiones no libera a nadie de sus efectos. El problema filosófico aparece cuando una perspectiva parcial reclama jurisdicción total: cuando no decimos que algunas decisiones pueden analizarse como inversiones, sino que aprendemos a experimentar la existencia entera como portafolio.

Yo no decía “soy capital humano”. Decía “estoy invirtiendo en mí”. Sonaba responsable. Compré cursos que apenas terminaba porque su adquisición producía una sensación inmediata de crecimiento. Convertí contactos en red, lecturas en contenido, ejercicio en rendimiento cognitivo y sueño en mantenimiento preventivo. Cuando una actividad no ofrecía retorno visible, buscaba uno: la caminata servía para incubar ideas; la cena familiar fortalecía mi relato de origen; la conversación con un productor era investigación de usuario; la ansiedad era señal de que estaba saliendo de mi zona de confort. Incluso el malestar debía justificar su lugar en el balance.

La hoja de cálculo incluía un indicador llamado “valor de mercado profesional”. Lo calculaba a partir de certificaciones, seguidores, proyectos, ingresos y contactos “de alta calidad”. Nadie me pidió ese indicador. Lo diseñé yo. Esa es una de las razones por las que rechazo la palabra sometimiento: el vigilante y el vigilado coincidían en mi persona, pero el primero era creativo, metódico y estaba sinceramente interesado en el éxito del segundo. Si dejaba de cumplir, no recibía un castigo externo. Recibía algo más íntimo: la evidencia de haber desperdiciado mi propio potencial.

Byung-Chul Han diría que el sujeto contemporáneo ya no necesita un amo que repita “debes”. Se concibe como proyecto libre y se dirige con el verbo “puedes”. Puede mejorar, puede emprender, puede reinventarse. La positividad del poder no prohíbe; estimula. No confina la acción; multiplica posibilidades y hace que la falta de rendimiento parezca imputable a quien no supo activarlas. El sujeto de rendimiento se explota a sí mismo y, como esa explotación ocurre en nombre de la realización, puede acompañarse de entusiasmo.

Debo ser justo: el entusiasmo fue real. También lo fueron las oportunidades. Aprendí, conocí personas generosas, visité lugares que de otro modo no habría conocido y comprobé que una idea podía modificar prácticas concretas. Sería demasiado fácil describir todo esfuerzo intenso como dominación. Si el concepto de autoexplotación convierte cualquier disciplina voluntaria en prueba de sometimiento, se vuelve imposible distinguir a quien realiza una obra exigente de quien no puede detenerse sin sentir que pierde su derecho a existir. La crítica de Han necesita esa distinción, aunque a veces la formule con menos paciencia de la que yo habría preferido.

Mi problema no fue trabajar mucho. Fue perder la capacidad de responder para qué era suficiente. Cada logro elevaba la línea base desde la cual se medía el siguiente. El proyecto no tenía una forma de culminación, solo versiones. Yo tampoco. Si Origen crecía, debía crecer para estar a su altura; si fallaba, debía mejorar para merecer otra oportunidad. En ambas situaciones, el veredicto era idéntico: optimízate. Una orden que ofrece la misma respuesta a todo acontecimiento no necesita demostrar que tiene razón. Se vuelve el idioma en que los acontecimientos pueden ser comprendidos.

III. La libertad administrada por notificaciones

Mi jornada comenzaba a las 4:52. No porque alguien me fijara horario, sino porque una aplicación había calculado ciclos de sueño y sugería esa hora como punto óptimo de despertar. A las 5:05 registraba estado de ánimo, calidad del descanso y tres prioridades. A las 5:20 corría. Compartía la ruta porque la constancia privada no construye reputación pública. Mientras desayunaba escuchaba un pódcast sobre liderazgo. A las 6:30 revisaba el tablero de pedidos. Cada hábito era libre y cada hábito enviaba un recordatorio si yo ejercía la libertad de olvidarlo.

Al principio las notificaciones servían a mis propósitos. Después mis propósitos empezaron a adaptarse a lo que las aplicaciones podían contar. Leía textos cortos porque podía registrar rachas; prefería reuniones con agenda cuantificable; respondía mensajes con rapidez para conservar la etiqueta de “alto nivel de respuesta”. Lo que no generaba señal quedaba epistemológicamente debilitado: si el sistema no lo veía, yo dudaba de que hubiera ocurrido. No necesitaba creer que la métrica agotaba la realidad. Bastaba con que las oportunidades institucionales sí la tomaran en serio.

Foucault no describe el poder moderno como una cosa poseída por un centro omnipotente. Analiza relaciones que conducen conductas. Una relación de poder no elimina por completo la libertad de quien actúa; necesita que existan varias acciones posibles sobre las cuales operar. En ese sentido, libertad y poder no son contrarios exteriores. El poder puede producir, organizar y utilizar libertad. Una convocatoria no ordena “conviértase en emprendedor bajo pena de prisión”. Ofrece formación, reconocimiento, redes y recursos a quien configure su conducta de cierta manera. El campo de opciones se abre, pero no de forma neutral: algunas trayectorias reciben nombres, apoyos e indicadores; otras permanecen menos visibles.

Por eso la frase “nadie me obligó” dice menos de lo que yo creía. Prueba que no hubo coacción directa; no prueba que mi elección ocurriera fuera de relaciones de poder. Tampoco prueba que fuera falsa. Si toda elección influida dejara de ser libre, ninguna libertad humana sobreviviría al lenguaje, la educación, el afecto o la historia. La cuestión no es encontrar un deseo sin causas, sino examinar cómo se formó, qué alternativas pudo percibir, qué costos se distribuyeron y si el sujeto conserva capacidad de revisar el juego en el que participa.

Yo conservaba esa capacidad, al menos formalmente. Podía apagar el teléfono, abandonar el programa, buscar un empleo, transformar Origen en cooperativa o terminar el proyecto. Cada alternativa tenía precio. Apagar el teléfono retrasaba operaciones; dejar el programa significaba perder mentoría y posibilidad de financiación; buscar empleo en mi situación era incierto; cambiar la forma organizativa exigía un conocimiento y un acuerdo que aún no teníamos; abandonar perjudicaba al equipo y confirmaba ante mi familia que el proyecto había sido una fase. No estaba encerrado. Estaba rodeado por salidas que yo mismo había aprendido a considerar irracionales.

Han llama psicopolítico a un poder que no se limita a disciplinar cuerpos desde fuera, sino que interviene en motivaciones, emociones y autoimágenes. Su medio privilegiado no es el “no”, sino la participación; no el silencio, sino la expresión; no la falta de información, sino una producción constante de datos acerca de uno mismo. El sujeto comunica, mide y expone voluntariamente porque espera reconocimiento y mejora. La transparencia se vive como libertad de mostrarse, aunque lo mostrado alimente dispositivos de evaluación.

No estoy seguro de que una notificación pueda llamarse poder. Esa palabra parece desmesurada para un sonido que se desactiva desde ajustes. Sin embargo, recuerdo la noche en que cenaba con mi madre y el tablero indicó que un restaurante había abierto una reclamación. No era urgente: el protocolo concedía doce horas. Sentí, no obstante, que seguir sentado revelaría falta de compromiso. Me levanté antes de terminar. Mi madre dijo que el teléfono mandaba más que cualquier jefe. Le respondí que justamente trabajaba así para no tener jefe.

Ella se rio. Yo también. Esa escena aparece en casi todas mis conferencias porque humaniza el relato del fundador. Nunca contaba que, después de responder la reclamación, revisé estadísticas durante dos horas, corregí una presentación que nadie esperaba esa noche y me acosté con la satisfacción amarga de haber ganado una batalla cuyo adversario era mi incapacidad de detenerme.

IV. Una política también imagina a su ciudadano

Las políticas de emprendimiento nos abrieron puertas reales. La legislación sobre cultura emprendedora, empleo juvenil, fortalecimiento de micro, pequeñas y medianas empresas y emprendimiento social no era un decorado. Gracias a ese marco encontramos formación, rutas de formalización, espacios universitarios, contactos institucionales y una convocatoria que financiaba prototipos. Es frecuente que quien recibe apoyo público hable después como si hubiera creado desde la nada. Yo no quiero cometer esa ingratitud. Origen dependió de aulas, carreteras, conectividad, conocimiento acumulado, confianza comunitaria y funcionarios que hicieron más de lo exigido.

Pero una política no solo distribuye recursos. También define problemas, sujetos y resultados reconocibles. Para apoyar al “joven emprendedor” debe decidir quién cuenta como joven, qué actividad merece llamarse emprendimiento, qué evidencia demuestra innovación, qué forma de impacto puede auditarse y qué futuro justifica inversión. Esas definiciones no son necesariamente injustas; sin ellas no habría programa operable. Aun así, producen efectos normativos. Enseñan a los participantes a verse según las categorías mediante las cuales podrán ser ayudados.

Nuestra iniciativa comenzó como un ejercicio sobre comercialización justa. Para entrar en la convocatoria tuvimos que describir “ventaja diferencial”, “escalabilidad”, “generación proyectada de empleo”, “mercado objetivo” y “sostenibilidad financiera”. Cada pregunta era razonable. Juntas desplazaron el centro de gravedad del proyecto. Una red local que fortaleciera capacidad de negociación podía ser valiosa aunque no escalara; una plataforma escalable resultaba más legible para el instrumento. Aprendimos a formular aquello que hacíamos como prototipo de algo mayor. Después empezamos a hacerlo realmente mayor para no traicionar la promesa con la que habíamos conseguido apoyo.

No afirmo que la convocatoria nos corrompiera. La escalabilidad permitía beneficiar a más personas y sostener la operación. Tampoco la institución podía financiar indefinidamente proyectos sin modelo de ingresos. Mi punto es más incómodo: una exigencia puede ser razonable y, al mismo tiempo, orientar la imaginación. El poder rara vez necesita ofrecer opciones absurdas. Funciona mejor cuando hace coincidir la conducta deseada con razones que el sujeto puede asumir sinceramente.

Foucault llama gubernamentalidad a una racionalidad que piensa cómo conducir conductas a través de saberes, procedimientos y arreglos del medio. En el neoliberalismo que analiza, la competencia no aparece como fenómeno natural que basta dejar libre. Debe producirse y mantenerse mediante intervenciones. Del mismo modo, un ecosistema emprendedor no brota espontáneamente como un bosque. Lo componen universidades, cámaras de comercio, entidades públicas, bancos, mentores, empresas, normas, convocatorias, eventos y relatos de éxito. Llamarlo ecosistema destaca interdependencias; también puede naturalizar relaciones históricas y asimetrías como si fueran ciclos biológicos inevitables.

Nos decían que debíamos “activar el ecosistema”. Activar significaba asistir, presentarnos, registrar contactos, solicitar validaciones y aprender a circular. La red ampliaba nuestra potencia, pero exigía una identidad estable: nombre, problema, solución, tracción, equipo, necesidad. Yo repetí tantas veces el mismo discurso que terminó sustituyendo las preguntas que lo habían originado. En cada evento prometíamos escuchar al territorio; en cada traslado hablábamos entre nosotros sobre cómo perfeccionar la promesa de que escuchábamos al territorio.

Una tarde, un productor llamado Efraín preguntó por qué necesitábamos convertir su cosecha, su ubicación, su precio y su cumplimiento en datos de plataforma para decir que lo conocíamos. Le expliqué que sin información no podíamos reducir incertidumbre ni conectarlo con compradores. Respondió que el comprador también era incierto, pero a él no lo calificábamos por cambiar de pedido. Anoté la observación como “resistencia inicial a la digitalización”. Esa categoría era más fácil de gestionar que la pregunta por la desigual distribución de transparencia.

Si el Comité busca el comienzo de nuestros problemas, podría señalar esa tarde. Sería dramático y falso. Los problemas no empezaron en un momento; estaban contenidos como posibilidades en las decisiones que tomábamos, en las métricas que elegíamos y en las voces a las que concedíamos poder de interrumpir. La innovación no trae consecuencias después de estar diseñada. Las anticipa en su arquitectura, aunque solo las reconozcamos cuando alguien deja de colaborar con el papel que le asignamos.

V. El equipo en el que todos éramos propietarios de nosotros mismos

Éramos tres al comienzo. Lucía estudiaba ingeniería agronómica y conocía asociaciones rurales; David programaba y había trabajado reparando equipos; yo estudiaba administración y podía traducir la idea a los lenguajes de docentes, convocatorias y aliados. Nos gustaba decir que no había jerarquías. Yo era “facilitador estratégico”, Lucía “líder de impacto” y David “líder tecnológico”. Los títulos parecían horizontales porque todos contenían la palabra líder. También ocultaban que solo uno de nosotros controlaba las contraseñas del correo institucional, la cuenta bancaria provisional y la versión final de las postulaciones.

En nuestra primera reunión redactamos un pacto: cada cual sería dueño de su tiempo, trabajaría por objetivos y comunicaría bloqueos. No registraríamos horas porque confiábamos en la madurez. La fórmula nos liberaba de vigilancia, pero volvía difícil nombrar el exceso. Yo podía trabajar catorce horas sin exigirlo explícitamente y luego enviar a medianoche un mensaje que decía: “Les dejo esto para cuando puedan”. Ellos podían responder por la mañana. Casi siempre respondían de inmediato. El mensaje no ordenaba; exhibía una medida silenciosa de compromiso.

Decía que liderar era inspirar, no mandar. La inspiración tiene una ventaja: quien obedece una orden puede atribuir la acción al superior; quien se siente inspirado experimenta la exigencia como movimiento propio. Yo compartía historias de fundadores que habían perseverado sin salario, recordaba la oportunidad histórica del proyecto y preguntaba qué versión de nosotros queríamos ser. Nunca dije “si no trabajas hoy, eres mediocre”. Habría sido brutal. Decía: “Entiendo si hoy no alcanzas; solo necesito saber con qué nivel de ambición contamos”.

Byung-Chul Han sostiene que el poder más eficiente no se presenta como negación de la libertad, sino que procura que el sujeto se someta por sí mismo al contexto de dominación. El “puedes” moviliza más que el “debes” porque convierte cada límite en desafío personal. En nuestro equipo no hablábamos de sacrificio impuesto. Hablábamos de mentalidad de propietario. “Actúa como dueño”, repetía yo, aunque no habíamos definido participaciones y legalmente nadie era dueño de nada. La propiedad funcionaba como disposición afectiva antes de existir como derecho.

Lucía pidió que acordáramos por escrito decisiones, autorías y una distribución futura. Le respondí que formalizar demasiado pronto podía matar la confianza. No era una excusa completamente cínica: no sabíamos qué forma tomaría la empresa y temía que negociar porcentajes congelara contribuciones todavía cambiantes. Pero la indeterminación no afectaba a todos por igual. Mientras no hubiera reglas, decidía quien administraba la relación con las instituciones. Yo confundía ausencia de jerarquía formal con ausencia de poder porque la primera me permitía ejercer el segundo sin tener que justificarlo como tal.

Arendt habría desconfiado de nuestra imagen del liderazgo. Para ella, actuar no equivale a fabricar. Quien fabrica parte de un modelo, dispone medios y busca un resultado que, idealmente, domina. La acción, en cambio, ocurre entre una pluralidad de personas capaces de comenzar algo propio. Sus consecuencias forman una trama imprevisible. El actor inicia, pero no es autor soberano de la historia resultante. Necesita la respuesta de otros, y esa respuesta puede desviar el sentido de lo iniciado.

Yo hablaba de co-creación mientras trataba las respuestas de los otros como insumos para mi visión. Aceptaba ideas que mejoraban el producto; interpretaba como falta de alineación las que modificaban quién podía decidir. Esto explica por qué creía escuchar. Escuchar, para mí, era permitir que la realidad ayudara a ejecutar mejor el propósito ya establecido. No incluía la posibilidad de que una voz legítima retirara al propósito su derecho a seguir intacto.

David nunca objetaba en términos filosóficos. Decía que el alcance era imposible, que los datos no bastaban, que una función tardaría tres semanas y no tres días. Yo respondía que la innovación exigía salir de la lógica de lo posible. Algunas veces mi presión produjo soluciones brillantes. Otras produjo código frágil que después tomó semanas corregir. El éxito de las primeras me sirvió para interpretar las segundas como costo inevitable de una cultura audaz. El liderazgo posee ese privilegio narrativo: puede apropiarse de la excepción favorable y socializar la regularidad del desgaste.

VI. Todo producto contiene una idea de ser humano

El prototipo de Origen tenía tres interfaces. Los productores registraban disponibilidad, calidad estimada, precio mínimo y fecha de entrega. Los compradores publicaban necesidades y recibían ofertas agregadas. Nosotros observábamos el tablero completo, resolvíamos coincidencias y coordinábamos rutas. El valor diferencial parecía claro: menos llamadas dispersas, mayor previsibilidad y acceso a mercados antes inaccesibles. Durante el piloto disminuyeron algunas pérdidas y cuatro productores consiguieron compradores nuevos. No todo fue retórica. La herramienta funcionaba.

Precisamente porque funcionaba, sus presupuestos importaban. Una herramienta ineficaz puede abandonarse; una eficaz se incorpora a la conducta. Al diseñar el flujo decidimos qué debía declarar cada participante, cuánto tiempo tendría para responder y qué incumplimientos serían visibles. El sistema no exigía al restaurante informar por qué modificaba un pedido, pero pedía al productor justificar cualquier variación de cantidad. Habíamos razonado que la oferta necesitaba normalización y la demanda flexibilidad. Traducido al lenguaje de poder: la incertidumbre del comprador se trataba como condición del mercado; la incertidumbre del productor, como deficiencia que debía corregirse.

David propuso un “índice de confiabilidad” para automatizar asignaciones. Combinaba entregas completas, puntualidad, consistencia entre calidad anunciada y recibida, velocidad de respuesta y evaluaciones de compradores. La idea resolvía un problema genuino. Si prometíamos compras institucionales, no podíamos distribuir pedidos importantes sin alguna memoria del desempeño. El índice protegía a quienes cumplían de tener que competir siempre desde cero y permitía identificar necesidades de acompañamiento.

Lucía preguntó qué ocurriría cuando un deslizamiento cerrara una vía, una helada redujera cosecha o un comprador calificara mal para presionar el precio. Contesté que ningún modelo era perfecto y que corregiríamos sesgos con datos. Ella dijo que no se trataba de una imperfección estadística, sino de una decisión política: antes de tener suficientes datos ya habríamos decidido quién cargaría con el error. La frase me pareció excesiva. Nosotros no gobernábamos la provincia; estábamos construyendo un producto mínimo viable.

Ahora veo que “mínimo” suele describir la cantidad de funciones, no la magnitud de los supuestos. Un prototipo puede ser pequeño en código y enorme en antropología. Puede asumir que una persona responde a incentivos, que la confianza es puntuable, que el comportamiento pasado debe condicionar oportunidades futuras, que toda fricción constituye desperdicio o que la solución correcta es aquella por la que un cliente pagará. Ninguna de esas hipótesis aparece necesariamente escrita en la pantalla. Se instala en las opciones disponibles.

La filosofía de la tecnología ha mostrado de muchas maneras que los artefactos no son objetos mudos a los que después añadimos usos buenos o malos. Una puerta distribuye accesos; un formulario exige que la experiencia adopte categorías; una plataforma configura visibilidad; un algoritmo ordena relevancias. Nuestro producto no se limitaba a representar el ecosistema regional. Lo reordenaba. Quien obtenía puntaje alto aparecía primero; quien aparecía primero recibía más pedidos; quien recibía más pedidos producía más datos favorables. Llamábamos “reputación” a un circuito que convertía una decisión inicial en evidencia de sí misma.

Foucault permite comprender por qué ese circuito no necesitaba prohibiciones. No excluíamos formalmente a nadie. Todos podían participar, pero el medio inducía determinadas conductas: contestar rápido, mantener oferta estable, aceptar trazabilidad, evitar conflictos con compradores y adaptar producción a las señales del tablero. El productor ideal emergía de la arquitectura como sujeto responsable, previsible y permanentemente evaluable. La plataforma decía ampliar autonomía mientras definía las condiciones bajo las cuales esa autonomía sería recompensada.

Sería injusto concluir que toda evaluación domina y toda reputación oprime. Sin criterios, la asignación podía depender de amistad, cercanía o intuición, formas menos visibles de arbitrariedad. Una regla pública puede proteger al débil frente al favoritismo. El problema no era medir, sino presentar la medida como descubrimiento neutral; no era condicionar la confianza, sino permitir que solo una parte definiera las condiciones; no era usar datos, sino negar a las personas la posibilidad de comprender, controvertir y transformar el juicio producido sobre ellas.

Efraín obtuvo 62 sobre 100 después de una entrega incompleta. La vía había estado cerrada seis horas. El restaurante recibió reembolso y apareció de nuevo al día siguiente sin disminución de visibilidad. Efraín quedó durante dos semanas por debajo del umbral recomendado. Cuando reclamó, le dije que el algoritmo trataba a todos por igual. Era cierto en el sentido más estrecho: la fórmula no conocía su nombre. Era falso en el sentido relevante: trataba como iguales riesgos que la estructura distribuía de manera desigual.

Lucía pidió suspender el índice hasta incorporar apelación, causas de fuerza mayor y evaluación recíproca de compradores. Faltaban nueve días para la demostración ante aliados. Cambiar el sistema implicaba retrasar pruebas y admitir que una de nuestras funciones centrales estaba conceptualmente incompleta. Propuse mantenerla en modo experimental con una nota explicativa. La nota decía: “La recomendación es orientativa y no determina decisiones de compra”. En la práctica, nosotros mismos usábamos el ranking para ordenar llamadas. La frase no eliminaba el poder; lo convertía en recomendación.

VII. La noche de la constitución

Tres días antes del cierre de la convocatoria recibí una llamada. Para continuar, Origen debía tener persona jurídica, cuenta a nombre de la empresa y representante legal. Era una buena noticia: habíamos superado la evaluación técnica. También era una urgencia. Lucía estaba visitando una asociación y David tenía una entrega académica. Les envié un mensaje: “Nos aprobaron. Debemos formalizar ya. Estoy resolviendo y mañana les cuento”. Ambos reaccionaron con el símbolo de aplausos.

El asesor recomendó una sociedad por acciones simplificada y una distribución inicial que reconociera mi dedicación completa y el riesgo asumido como representante. Propuso setenta por ciento para mí, quince para Lucía y quince para David, sujetos a permanencia de dos años. Dijo que los porcentajes podían revisarse después y que los inversionistas preferían una estructura clara. Yo pregunté si necesitábamos firmas de todos. Respondió que podía constituirla como accionista único e incorporar al equipo mediante acuerdos posteriores. Lo hice.

No oculté la constitución; pospuse una conversación. La diferencia me sigue pareciendo importante. Ocultar supone intención de impedir que alguien conozca. Posponer puede proteger una oportunidad cuyo plazo no admite deliberación perfecta. Si esperaba, perdíamos la convocatoria. Si decidía, conservábamos la posibilidad de negociar después. En condiciones de incertidumbre, el liderazgo consiste a veces en asumir la responsabilidad que otros no están disponibles para asumir.

Sin embargo, en la postulación marqué “equipo fundador formalizado” y adjunté perfiles de los tres. Declaré que la propiedad intelectual sería aportada a la nueva sociedad. David había construido el código en su computador y Lucía había diseñado el protocolo de acompañamiento. Yo consideraba que esos resultados pertenecían al proyecto común porque habían sido producidos para Origen. Ellos consideraban que el proyecto común todavía no tenía un propietario capaz de apropiárselos. La palabra nuestro había mantenido juntas interpretaciones incompatibles.

Cuando les mostré los documentos, David preguntó por qué mi participación no estaba sometida a permanencia. Dije que, como representante, mi exposición jurídica era distinta. Lucía preguntó quién había valorado las contribuciones. Dije que el asesor, con experiencia en inversión. David dijo que el asesor solo había recibido la información que yo le di. No pude negarlo. Respondí que alguien tenía que sintetizar y que no había tomado dinero de nadie. Todavía no entendía que el poder puede distribuir futuro antes de distribuir ingreso.

La discusión duró tres horas. En algún momento dije: “Si no confían en mí, quizá no somos el equipo adecuado”. Yo quería señalar que un proyecto temprano no sobrevive si cada decisión urgente se interpreta como traición. Ellos oyeron una amenaza: aceptar mi decisión o convertirse en obstáculo. Ambas interpretaciones cabían en la frase. El lenguaje de la alineación es preciso para coordinar y peligroso para disentir, porque transforma un desacuerdo sobre reglas en diagnóstico sobre la identidad del discrepante.

Lucía preguntó si los productores conocían que los datos del piloto fortalecerían un activo de la sociedad que yo controlaba. Le recordé que habían autorizado tratamiento de información y que el servicio buscaba beneficiarlos. Ella distinguió autorización jurídica, consentimiento informado y participación en el valor creado. Le respondí que estaba introduciendo discusiones ideológicas cuando necesitábamos ejecutar. Fue la última vez que usé “ideológico” para describir una pregunta propia de otros y “pragmático” para describir mis propios compromisos.

Al día siguiente Lucía anunció que se retiraba. Solicitó que no usáramos su nombre, metodología ni estimaciones de impacto. David dijo que permanecería hasta entregar una versión exportable del prototipo, pero no cedería el repositorio sin acuerdo. Cambié las contraseñas de las cuentas compartidas por recomendación del asesor. Lo hice para proteger información sensible durante una separación conflictiva. Desde su perspectiva, confirmé en un clic aquello que yo negaba: la infraestructura común siempre había tenido un soberano.

Presenté la demostración solo. Dije que “el equipo había atravesado una reconfiguración estratégica” y que Origen fortalecía su gobierno corporativo. No mentí. Tampoco expliqué que la reconfiguración consistía en haber perdido a quienes podían contradecirme. Ganamos una mención especial, no la financiación principal. Publiqué una fotografía con el mensaje: “Emprender también es seguir cuando no todos comprenden la visión”. Recibió ciento ochenta y siete reacciones.

Esa noche no pude dormir. No por culpa, pensé, sino por sobrecarga. Abrí una aplicación de meditación para fundadores. Una voz me pidió observar mis pensamientos sin juzgarlos y volver a la respiración. Durante doce minutos practiqué no juzgar la decisión que había pasado tres horas justificando. Al terminar, la aplicación me felicitó por cuidar mi salud mental. Compartí la racha.

VIII. El juicio en el que el acusado presenta su mejor defensa

El Comité no me acusa de delito. Quiere establecer si incumplí principios de colaboración, transparencia y relación responsable con el ecosistema. Mi defensa puede formularse así: Origen produjo valor real; las decisiones controvertidas respondieron a restricciones reales; ningún integrante tenía derecho formal sobre una sociedad inexistente; el algoritmo estaba en prueba; los participantes aceptaron condiciones; y sin capacidad de decidir bajo presión no habría proyecto que discutir.

No debe despreciarse esta defensa. Existe una crueldad retrospectiva que juzga toda decisión incierta desde información posterior. Cuando un equipo actúa, no dispone del mapa completo que el crítico reconstruye. Esperar consentimiento exhaustivo, datos perfectos y ausencia de asimetrías puede inmovilizar cualquier innovación. La acción introduce novedad precisamente porque se aventura más allá de lo asegurado. Si se castiga a quien toma responsabilidad cada vez que el resultado produce conflicto, las organizaciones aprenderán a esconderse detrás de procedimientos.

También es verdad que la iniciativa individual puede emancipar. Para una persona excluida de mercados laborales, emprender no es siempre mandato neoliberal; puede ser una vía de subsistencia, dignidad y capacidad política. Crear una cooperativa, una empresa tecnológica, un taller o una red comunitaria puede interrumpir dependencias humillantes. Quien reduce toda empresa a autoexplotación borra diferencias entre necesidad, deseo, propiedad, cooperación y poder. La crítica se vuelve aristocrática si solo quien posee seguridad material puede permitirse sospechar de la productividad.

Arendt ofrece incluso un vocabulario afirmativo: la natalidad, el hecho de que cada nacimiento introduce la capacidad de comenzar. La acción manifiesta esa capacidad iniciando algo que no estaba determinado por lo anterior. Un emprendimiento puede ser una forma de comienzo: convoca a otros, altera rutinas, inaugura relaciones y hace aparecer posibilidades. Yo no creé Origen únicamente porque una política me clasificara. Vi una injusticia práctica y traté de comenzar algo. Negar esa iniciativa en nombre de las condiciones que la hicieron posible sería confundir condicionamiento con determinación.

Foucault tampoco ofrece una teoría simple de marionetas engañadas por el sistema. Si el poder actúa sobre sujetos libres, siempre hay posibilidad de resistencia, desplazamiento y contra-conducta. Comprender cómo somos gobernados no nos revela una esencia pura anterior al poder; abre la pregunta práctica por cómo no ser gobernados de esa manera, a ese precio o con esos fines. Puedo apropiarme de técnicas empresariales y usarlas para objetivos que desborden la rentabilidad. Puedo trabajar sobre mí sin asumir que mi yo es una compañía. Puedo habitar una política y discutir las categorías con las que me reconoce.

Incluso Han corre el riesgo de convertir cansancio y depresión en consecuencias demasiado uniformes de una época descrita desde gran altura. Hay personas para quienes medir una rutina produce autonomía, equipos cuyo esfuerzo extraordinario es finito y compartido, y fundadores que ponen límites. El verbo “poder” no es por naturaleza una orden. Afirmar una capacidad puede reparar el efecto de prohibiciones antiguas. No toda motivación interiorizada es dominación; la educación misma espera que una exigencia inicialmente externa se vuelva disposición propia.

Mi defensa, entonces, no necesita negar las relaciones de poder. Puede afirmar que ninguna acción colectiva existe sin ellas y que la cuestión es su productividad, reversibilidad y justificación. Yo coordiné capacidades, convertí una idea en artefacto y conseguí que instituciones prestaran atención a un problema regional. Tomé una decisión legal para no perder una oportunidad. El equipo podía objetar y finalmente salió. Los productores podían dejar la plataforma. Nadie perdió una propiedad que jurídicamente poseyera. Si se confunde toda desigualdad decisoria con abuso, se vuelve imposible liderar.

Esta es la versión más fuerte de mi inocencia. La escribo sin ironía porque una crítica seria debe ser capaz de reconstruir aquello que combate. Pero noto una falla. Cada vez que digo que alguien “podía salir”, trato la salida como prueba suficiente de libertad. No pregunto qué había invertido, qué expectativa ayudé a crear ni por qué yo conservaba los activos que hacían más costosa la salida de los otros. Mi defensa cuenta puertas; no distribuye los costos de atravesarlas.

IX. El riesgo que siempre encontraba un propietario distinto

La empresa de sí mismo promete reunir libertad y responsabilidad: si soy mi propio capital, puedo invertir, innovar y recoger rendimientos; también debo asumir las consecuencias de mis decisiones. En apariencia, desaparece la dependencia infantil de un Estado, un empleador o una autoridad que decide por mí. Sin embargo, la responsabilidad puede convertirse en una tecnología para privatizar problemas colectivos. El desempleo aparece como falta de empleabilidad; la desigualdad educativa, como déficit de competencias; el agotamiento, como mala gestión del tiempo; la incertidumbre económica, como insuficiente tolerancia al riesgo.

Yo había aprendido a interpretar cada límite como información sobre mí. Si una convocatoria nos rechazaba, mejoraba el discurso; si no había capital, ampliaba red; si me cansaba, ajustaba hábitos. Esa disposición evitaba la pasividad. También volvía casi indecible la posibilidad de que una regla fuera defectuosa o un costo estuviera injustamente repartido. El empresario de sí puede criticar una barrera porque impide rendimiento; le resulta más difícil defender aquello cuyo valor consiste en no rendir.

Nuestro modelo reproducía esa lógica. El productor debía convertirse en gestor de riesgo climático, logístico, reputacional y financiero. La plataforma le ofrecía herramientas, pero cada nueva visibilidad permitía atribuir con mayor precisión el incumplimiento a su perfil. El restaurante obtenía flexibilidad porque representaba demanda escasa. Nosotros llamábamos “empoderamiento” al aumento de decisiones del productor, aunque muchas consistían en elegir qué riesgo aceptar para seguir visible.

No todos llegábamos al juego con el mismo capital. Yo podía dedicar meses sin salario porque vivía con mi madre. David necesitaba ingresos de reparaciones y programaba de noche. Lucía viajaba con recursos propios a reuniones que luego aparecían como tracción de Origen. Cuando comparaba compromiso por disponibilidad, convertía apoyos familiares, obligaciones de cuidado y posición económica en rasgos morales. La métrica individualizaba aquello que tenía una historia social.

El lenguaje del fracaso completaba la operación. “Falla rápido”, “aprende”, “itera”: principios valiosos cuando permiten experimentar sin aferrarse al orgullo. Pero no todo fracaso es una lección distribuida equitativamente. Quien conserva capital puede comprar otro intento; quien pierde cosecha, ahorros o reputación aprende desde una posición distinta. Llamar aprendizaje a todas las pérdidas no repara a quien las soporta. A veces la retórica emprendedora convierte daños ajenos en conocimiento propio.

Mi participación del setenta por ciento se justificaba por el riesgo. Yo firmaba y respondía jurídicamente. Pero David había arriesgado trabajo no remunerado; Lucía, confianza con comunidades; los productores, datos y relaciones comerciales. “Riesgo” no era una cantidad natural que el asesor pudiera observar. Era una categoría cuya definición favorecía aquello que los documentos podían representar: capital, firma, tiempo completo, titularidad. Lo menos formalizado se volvió menos real justo cuando decidíamos a quién pertenecía el futuro.

Han sostendría que, en el régimen del rendimiento, el explotador y el explotado se reúnen en una persona. Esa coincidencia explica por qué la dominación puede sentirse libre, pero no elimina relaciones entre personas. Yo me autoexplotaba y, a la vez, mi autoexigencia funcionaba como norma para el equipo. La violencia que dirigía contra mí adquiría prestigio moral y me autorizaba a pedirla sin pedirla: “Yo también estoy dando todo”. El sacrificio propio no cancelaba mi poder; lo legitimaba.

X. Acción, fabricación y pluralidad

En La condición humana, Arendt diferencia labor, trabajo y acción. La labor responde a necesidades cíclicas de la vida; el trabajo fabrica un mundo relativamente durable de objetos; la acción ocurre directamente entre personas, sin que un material pasivo garantice el resultado. Las tres dimensiones se entrelazan en una empresa, pero confundirlas produce errores morales. Un producto puede fabricarse; una comunidad no. Un proceso puede optimizarse; una pluralidad no puede reducirse sin pérdida a materia de diseño.

Yo traté el equipo, los productores y el ecosistema según la lógica de fabricación. Tenía una imagen del resultado y veía contribuciones como medios. Agradecía la diversidad mientras fuera funcional a la obra. La pluralidad arendtiana es más difícil: significa que los otros son iguales en capacidad de aparecer y distintos de manera irreductible. No están allí para completar mi perspectiva; pueden iniciar secuencias que transformen la obra y la identidad de quien creyó iniciarla.

Arendt llama poder a la capacidad que surge cuando las personas actúan concertadamente. El poder no pertenece a un individuo como una posesión; existe mientras la asociación se sostiene. Esto altera la idea heroica de liderazgo. El líder no “tiene” el poder que los demás le entregan para ejecutar una visión. Participa de una potencia común cuya continuidad depende de palabra, confianza y espacios de aparición. Cuando reemplaza ese poder por control de contraseñas, propiedad o amenaza, puede conservar capacidad de imponer, pero ha empezado a destruir la fuente específicamente política de su fuerza.

Origen parecía más mío después de que Lucía y David salieron. Tenía control jurídico y narrativo. Sin embargo, podía hacer menos. Perdí conocimiento agronómico, arquitectura tecnológica, relaciones y, sobre todo, la fricción mediante la cual mis decisiones dejaban de parecerme inevitables. Confundí soberanía con potencia. La soberanía busca una voluntad que no dependa; la acción obtiene su capacidad precisamente de una dependencia recíproca que nadie domina.

La imprevisibilidad de la acción no se resuelve aplicando más control. Arendt identifica dos facultades que permiten habitarla: prometer y perdonar. La promesa crea islas de estabilidad en un futuro incierto; el perdón libera parcialmente de la irreversibilidad de lo hecho. Ninguna funciona como instrumento unilateral. Prometer requiere alguien ante quien obligarse; perdonar no equivale a olvidar ni puede exigirse como técnica de reputación.

Nosotros prometimos propiedad compartida sin definirla y flexibilidad sin límites recíprocos. Cuando el conflicto llegó, no teníamos mundo común al cual apelar. Yo ofrecí “revisar porcentajes después de la financiación”, promesa condicionada al acontecimiento que aumentaría mi poder. A Lucía le pedí no cerrar puertas, una manera elegante de solicitar que preservara mis opciones. Nunca le pregunté qué reparación haría posible que ella no tuviera que tratar la salida como única forma de conservarse.

El emprendimiento como acción no es inferior al emprendimiento como fabricación; es más exigente. Requiere producto, operaciones y decisión, pero también instituciones internas donde la palabra ajena pueda modificar el curso sin ser clasificada de inmediato como resistencia al cambio. Trabajar en equipo no consiste en sumar competencias complementarias bajo una visión central. Consiste en aceptar que comenzar con otros impide conservar propiedad absoluta sobre el significado de lo comenzado.

XI. ¿Quién soy cuando no estoy mejorando?

Durante la pausa del programa intenté descansar. Descubrí que no sabía hacerlo sin convertir el descanso en intervención. Diseñé una rutina de recuperación, fijé indicadores de sueño, reduje pantallas y programé actividades “sin objetivo”. A los cuatro días publiqué un texto sobre lo aprendido al desconectarme. La pausa produjo reputación; la vulnerabilidad se convirtió en contenido; el contenido demostró resiliencia. Yo podía capitalizar incluso mi crítica a la capitalización.

Han afirma que el proyecto, que parece liberarse de coacciones externas, puede convertirse en una figura más eficaz de sometimiento. El yo se relaciona consigo como tarea inacabable. Ya no hay una obra que baste porque el producto decisivo es el productor. Esto explica una diferencia que antes no veía: tener proyectos no es idéntico a ser proyecto. En el primer caso, la persona puede terminar, abandonar o juzgar sus obras desde bienes que no se agotan en ellas. En el segundo, todo resultado comparece como valoración provisional del yo.

¿Qué quedaba de mí si Origen no continuaba? Podía decir que seguía siendo hijo, amigo, estudiante y ciudadano, pero incluso esos nombres aparecían en mi relato como recursos de autenticidad. Había aprendido a presentarme tan bien que ya no sabía aparecer sin presentación. La marca personal no era una mentira superpuesta a una identidad verdadera. Era el hábito de anticipar la mirada evaluadora y ofrecerle una versión coherente antes de que pudiera preguntar.

Arendt ayuda a distinguir esa coherencia fabricada del “quién” que se revela en acción. El quién no está bajo control autoral. Otros cuentan la historia y descubren significados que el actor no previó. Desde esa perspectiva, mi obsesión por gobernar el relato era una defensa contra la pluralidad. Quería ser simultáneamente actor, autor, editor, audiencia y crítico de mi vida. Una existencia así puede producir una narrativa impecable, pero carece de mundo: no deja espacio para que la presencia de otro interrumpa la imagen.

No se sigue que debamos renunciar al proyecto de vida. Se sigue que debe contener bienes no convertibles en rendimiento y relaciones cuyo valor no dependa de su aporte a una meta. También debe admitir acontecimientos que no confirmen identidad, tiempos sin justificación productiva y compromisos capaces de limitar oportunidades. Si cada promesa puede renegociarse cuando aparece una opción superior, la vida conserva flexibilidad a costa de no tener forma.

Tal vez la libertad no consista en mantener abiertas todas las posibilidades, sino en poder obligarse sin quedar absorbido por la obligación; comenzar sin declararse soberano; cultivar capacidades sin reducirse a capital; aceptar una identidad sin convertirla en destino. No sé cómo se mide eso. Mi primera reacción es diseñar un indicador. La segunda, que llega más lentamente, es soportar que quizá una vida libre incluya dimensiones cuya prueba es que se empobrecen al ser medidas.

XII. El ecosistema que podría responder

Si Origen continuara, el aprendizaje no consistiría simplemente en agregar bienestar a la misma arquitectura. No bastaría una hora semanal sin reuniones, una charla sobre agotamiento o un botón para apelar el puntaje. Esas medidas pueden ayudar, pero dejan intacta la pregunta por quién define el juego. Una crítica filosófica solo merece entrar al emprendimiento si transforma decisiones de producto, propiedad y gobierno.

Primero, los tipos de emprendedor deberían funcionar como hipótesis revisables, no como destinos ni jerarquías. “Visionario”, “social” o “especialista” puede abrir una conversación sobre capacidades; no debe distribuir de antemano voz, autoridad o valor. Un equipo necesitaría revisar cómo los nombres asignados producen aquello que dicen describir y permitir que sus integrantes aparezcan más allá de la función que vuelve útil su diferencia.

Segundo, el proyecto de vida tendría que distinguir capacidad de capital. Aprender, cuidar el cuerpo y construir relaciones amplían poder de actuar; no por ello deben justificarse como inversiones con retorno. Una formación emprendedora podría enseñar cálculo sin convertirlo en ontología, planeación sin prometer soberanía y disciplina sin glorificar la disponibilidad ilimitada. La pregunta no sería solo “¿qué metas cumpliré?”, sino “¿qué no aceptaré sacrificar para cumplirlas?”.

Tercero, liderar exigiría hacer contestable la autoridad. Urgencia no puede significar licencia general. Deben existir umbrales: qué decisiones puede tomar una persona, cuáles requieren consulta, cómo se documentan contribuciones, qué sucede con propiedad intelectual, cómo se tramita una salida y quién tiene acceso a la infraestructura común. La confianza no reemplaza estas reglas; necesita reglas para no quedar definida por quien controla los accesos.

Cuarto, el producto debería ofrecer reciprocidad informativa. Si los productores son puntuados, los compradores también; si un algoritmo afecta visibilidad, la persona debe conocer criterios, controvertir datos y solicitar revisión humana; si los datos colectivos producen valor, es preciso decidir cómo participan quienes los generaron. Diseñar para el ecosistema regional no consiste en insertar actores en una plataforma, sino en permitir que incidan sobre las condiciones de la mediación.

Quinto, las políticas de emprendimiento podrían evaluar no solo crecimiento, empleos o innovación declarada, sino calidad del gobierno interno, distribución de riesgo, mecanismos de reparación y efectos sobre capacidades regionales. Esto introduce dificultad administrativa y puede producir nuevos rituales de cumplimiento. Toda métrica ética corre el riesgo de crear especialistas en parecer éticos. La respuesta no es renunciar a evaluar, sino combinar indicadores con deliberación, testimonios contradictorios y derecho de réplica.

Finalmente, el ecosistema tendría que reconocerse como institución política y no únicamente como red de apoyo empresarial. Sus decisiones privilegian futuros, concentran atención y vuelven ejemplares ciertas vidas. Un ecosistema reflexivo preguntaría qué sujetos deja fuera cuando celebra al individuo escalable; qué trabajos invisibles sostienen cada caso de éxito; quién puede fracasar sin quedar destruido; qué proyectos valiosos no desean crecer; y cómo una comunidad puede innovar sin transformarse por completo en mercado.

Nada de esto elimina el riesgo ni produce armonía. La pluralidad no es una técnica para que todos estén satisfechos. A veces habrá decisiones urgentes, conflictos insolubles y salidas. La diferencia está en si el desacuerdo aparece como información que el líder procesa o como acción de alguien con igual derecho a disputar el mundo común. En el primer caso hay participación administrada. En el segundo comienza la política.

XIII. La reparación como nueva oportunidad de rendimiento

El Comité me pidió proponer reparaciones. He ofrecido reconocer por escrito la autoría de David y Lucía, suspender el uso del índice, entregar copia de los datos a las asociaciones, destruir los registros de quienes retiren consentimiento y convocar una mesa para decidir condiciones de una eventual continuación. También propuse que mi participación accionaria sea revisada por una persona independiente si el proyecto recibe recursos.

Mientras escribía esas medidas, descubrí que una parte de mí calculaba su efecto. Una buena reparación demostraría madurez, preservaría elegibilidad y podría convertirse en ventaja reputacional. Las organizaciones valoran fundadores capaces de aprender. La ética era una nueva competencia; la confesión, evidencia de ella. Pensé incluso que esta historia podría ser la base de una conferencia sobre liderazgo consciente. Me avergüenza escribirlo, pero ocultarlo convertiría la vergüenza en otra herramienta de edición.

¿Invalida ese interés las reparaciones? Si solo fueran morales las acciones libres de beneficio, pocas sobrevivirían. Una medida puede reparar y mejorar reputación. La cuestión es qué ocurre cuando ambos fines entran en conflicto: si Lucía exige una declaración que me perjudique, si David no quiere colaborar, si las asociaciones deciden que Origen no continúe. Solo entonces se sabrá si reconozco a los otros como jueces de una relación o como audiencias de mi transformación.

Foucault analizó prácticas mediante las cuales los sujetos se examinan, dicen la verdad sobre sí y se transforman. No toda relación consigo es empresarial ni toda confesión libera. El examen puede estar ligado a instituciones que exigen una verdad determinada y conceden continuidad a quien sabe producirla. Este documento responde a una rúbrica; quiere mostrar que comprendí. La pregunta que no puedo resolver desde dentro es si uso la filosofía para volverme distinto o para elaborar una versión más sofisticada de la misma defensa.

Han sospecharía de mi capacidad para convertir la crítica en combustible. El capitalismo de rendimiento absorbe negatividad: el error se vuelve aprendizaje, el agotamiento contenido, el conflicto innovación cultural. Nada detiene el ciclo porque incluso detenerse produce valor narrativo. Pero si toda tentativa de transformación puede desenmascararse como optimización, la crítica se vuelve prisión sin salida. Necesitamos admitir que una persona formada por ciertas relaciones puede actuar sobre ellas sin esperar una pureza exterior que nunca llegará.

Arendt exigiría menos introspección y más mundo. No basta con decidir quién soy; debo comparecer ante aquellos con quienes actué, escuchar historias que no controlo y emprender algo cuyo resultado dependa de su respuesta. La reparación no es perfeccionar mi conciencia. Es modificar relaciones, restituir capacidades y aceptar que el futuro de Origen puede no pertenecerme. Si mi aprendizaje requiere que el proyecto sobreviva bajo mi liderazgo, entonces todavía no he aprendido a actuar con otros.

He enviado a Lucía y David un borrador de la propuesta. David respondió con correcciones precisas sobre el código y ninguna frase personal. Lucía escribió: “No necesito que me devuelvas un lugar en tu historia; necesito que dejes de contarla como tuya”. Mi primera interpretación fue que se negaba al diálogo. La segunda fue que acababa de formular el centro de este relato con mayor claridad que yo.

XIV. Veredicto provisional

¿Fui libre? La pregunta admite respuestas demasiado rápidas. Sí: elegí, inicié, aprendí, trabajé y pude haber actuado de otro modo. No: mis elecciones fueron orientadas por incentivos, identidades y técnicas de evaluación que aprendí a experimentar como deseos propios. Ambas respuestas fallan si libertad significa ausencia total de condicionamientos. La libertad humana no comienza donde termina el mundo; ocurre en la capacidad frágil de relacionarse con las condiciones, juzgarlas y transformarlas junto a otros.

¿Fui explotado? Trabajé más de lo que cualquier jefe razonable habría exigido y convertí descanso, afectos y salud en recursos. Pero también obtuve sentido, conocimiento y posibilidad. Llamar explotación a toda entrega intensa vaciaría la palabra. La señal decisiva quizá no sea el esfuerzo, sino la imposibilidad de establecer suficiencia, la individualización sistemática del fracaso y la transferencia de costos hacia quienes tienen menor capacidad de decidir.

¿Fui líder? Inicié, coordiné y asumí exposición. También fabriqué consenso, administré ambigüedades y traté la salida como prueba de que los otros eran libres. Tenía capacidad de imponer una continuidad, pero destruí el poder que solo existía mientras actuábamos concertadamente. Si el liderazgo consiste en hacer posible la acción plural, mi control aumentó en la misma medida en que mi liderazgo fracasó.

¿Era Origen innovador? Produjo una mediación nueva y resolvió problemas. También convirtió supuestos políticos en arquitectura técnica: quién debía ser transparente, quién cargaba incertidumbre y qué conducta merecía visibilidad. La innovación no queda negada por esos efectos. Queda obligada a responder por ellos. Un producto no deja de ser innovador cuando reconocemos su gobierno; empieza a ser juzgable.

El Comité espera un veredicto sobre mi continuidad. Yo también lo esperaba cuando comencé a escribir. Ahora sospecho que una decisión institucional no resolverá la cuestión filosófica. Pueden excluirme y yo convertir la exclusión en relato de resiliencia. Pueden permitirme continuar y yo interpretar la decisión como absolución. Ningún resultado impedirá por sí solo que el empresario de mí mismo lo reinvierta.

Solo hay una prueba que no puedo administrar completamente: lo que hagan los demás con esta historia. Usted puede aceptar mi defensa, juzgarme responsable o rechazar la alternativa. Puede advertir contradicciones que yo no vi, o sospechar que fueron colocadas deliberadamente para demostrar sofisticación. Su lectura me quita soberanía. En ese sentido, esta confesión se vuelve acción únicamente cuando deja de ser mía.

Quiero terminar diciendo que ya no soy la persona que constituyó la sociedad aquella noche. La frase sería tranquilizadora y probablemente falsa. Ninguna lectura transforma de una vez los hábitos que nos hicieron legibles ante nosotros mismos. Puedo decir algo menos heroico: algunas palabras que antes usaba sin resistencia -libertad, liderazgo, oportunidad, equipo, ecosistema, impacto- ya no me obedecen del todo. Cuando intento emplearlas, traen consigo preguntas y voces que no controlo.

Tal vez pensar comience así: no cuando uno adquiere una respuesta superior, sino cuando pierde el derecho a utilizar ciertas respuestas con inocencia.

Referencias filosóficas y conceptuales

  • Arendt, H. (1958). The human condition. University of Chicago Press. Véanse especialmente el capítulo V, §§24–26, sobre revelación del agente, trama de relaciones y fragilidad de la acción; §28, sobre poder; y §§33–34, sobre perdón y promesa.
  • Foucault, M. (2004). Naissance de la biopolitique. Cours au Collège de France, 1978–1979. Gallimard/Seuil. Véase especialmente la clase del 14 de marzo de 1979 sobre capital humano y el individuo como empresario de sí mismo.
  • Foucault, M. (1982). The subject and power. Critical Inquiry, 8(4), 777–795. https://doi.org/10.1086/448181
  • Han, B.-C. (2014). Psicopolítica: neoliberalismo y nuevas técnicas de poder. Herder. Véanse especialmente los capítulos iniciales sobre crisis de la libertad, poder inteligente y autoexplotación.
  • Han, B.-C. (2010). Müdigkeitsgesellschaft [La sociedad del cansancio]. Matthes & Seitz.
  • Bacigalupo, M., Kampylis, P., Punie, Y., & Van den Brande, G. (2016). EntreComp: The entrepreneurship competence framework. Publications Office of the European Union. https://doi.org/10.2791/593884
  • Universidad de Cundinamarca. Plan de Aprendizaje Digital: Emprendimiento e Innovación I. Apartados iniciales sobre tipos de emprendimiento, proyecto de vida, liderazgo, trabajo en equipo y políticas de emprendimiento.
  • Universidad de Cundinamarca. Plan de Aprendizaje Digital: Emprendimiento e Innovación II. Apartados iniciales sobre estructura de productos o servicios innovadores y ecosistema regional de emprendimiento.

Conceptos que el lector debe poder distinguir al terminar

Coacción y conducción de conductas; libertad y ausencia de interferencia; proyecto de vida y vida convertida en proyecto; capacidad y capital humano; trabajo sobre sí y autoexplotación; acción y fabricación; poder colectivo y control individual; liderazgo y soberanía; tipo emprendedor e identidad; igualdad formal e igualdad sustantiva; ecosistema y orden institucional; política de apoyo y producción de subjetividad; consentimiento y costo de salida; innovación técnica e innovación política; reparación y optimización reputacional.